
Por: Jeffri Mateo Alcántara
En la comunidad educativa, especialmente en el ámbito de la Educación Física, existe una verdad que nunca debe olvidarse: antes que cualquier diferencia política, somos colegas, profesionales formados para servir, educar y transformar vidas. La misión de un maestro de Educación Física no está limitada por partidos, banderas ni simpatías; está guiada por valores, ética y vocación.
Quien elige esta carrera sabe que nuestra labor impacta directamente en el desarrollo integral de los estudiantes. Promovemos salud, disciplina, convivencia, trabajo en equipo y superación personal. Todo esto requiere entrega y un profundo sentido de justicia, cualidades que solo florecen cuando se trabaja con respeto y sin discriminar a nadie por su ideología.
Por esa razón, es fundamental entender que la oportunidad debe darse a quien hace las cosas bien, al que trabaja con dedicación, al que demuestra resultados, y no únicamente a quien responde a un color político. La educación no puede ser presa de intereses partidarios; nuestro compromiso es con la escuela, la comunidad y el país.
El respeto entre colegas debe ser un pilar innegociable. Respetar el pensamiento del otro no significa coincidir, pero sí reconocer su dignidad, su esfuerzo y su derecho a crecer profesionalmente. Si queremos un sistema educativo más justo, moderno y humano, debemos construirlo desde la unidad, valorando la competencia sana, el mérito y el profesionalismo.
Al final del día, cuando entramos a una cancha o a un aula, no somos rojos, blancos, verdes o azules. Somos maestros. Somos guías. Somos parte de un mismo equipo que trabaja por la formación de niños y jóvenes.
Que nuestras diferencias nos enriquezcan, pero nunca nos dividan. Porque el verdadero color que debe unirnos es el de la Educación Física: el color del compromiso, del esfuerzo y del respeto mutuo.
